Materia:
Formación Moral/Religión
Tema: Los
valores familiares y su impacto en la sociedad
Cursos: 2° Año Turno: Tarde
Profesor: Mamani
Segura Ángel Carmelo
Tiempo de
entrega: 03-04-2020
Objetivo:
Identificar
y reconocer lo importante que son los
valores dentro de nuestra vida y de la sociedad
Actividad
1. Lee pausadamente para poder comprender y realizar las actividades
En la familia como núcleo social se establecen
relaciones familiares, entre los padres, entre los padres e hijos, y a su vez
en las relaciones de la familia con la sociedad, y es en el interior de la
familia donde se va ir moldeando la conducta de sus integrantes con los valores transmitidos por sus padres, a través
de las reglas familiares, los usos o costumbres, recibiendo también la familia la influencia
de los valores imperantes en la sociedad en la que está inmersa.
La familia se constituye en el
primer lugar donde el hijo (a) irá adquiriendo su modelo de conducta, donde se
formará su proyecto de vida de su existencia y consolidará su personalidad
a. En estos días que estás pasando con
tu familia
Ø Escribe tres acciones concretas donde
tus padres, hermanos y vos ponen en práctica alguno de estos valores
·
Tolerancia
·
Comunicación
·
Respeto
·
Tradiciones
·
Honestidad
·
Perdón
·
Dialogo
b. ¿crees que exista una pérdida de valores en tu
familia y en las familias que conoces? Justifica tu respuesta
c. Comparte tu opinión, ¿Que valores han dejado
de practicarse en la familia y como afecta esto en la sociedad?
d. ¿Crees que el cambio de roles en la familia
afecta en la práctica de valores provocando un desequilibrio social?
e. ¿Qué problemas sociales
podrían disminuir o erradicarse si existiera una mejor práctica de los valores
dentro de las familias?
2. Lee este
bello cuento
Kitete y
sus hermanos
Adaptación del cuento popular de Tanzania
Había una campesina africana llamada Shindo que
vivía en Tanzania, muy cerquita del monte Kilimanjaro. No tenía marido ni
hijos, así que se pasaba el día sola trabajando en el campo. Cuando llegaba a
casa preparaba la comida, daba de comer a los animales, fregaba los platos y
lavaba la ropa. Sin nadie que la ayudara, la pobre mujer se sentía siempre muy
cansada.Un día, nada más aparecer la luna y las estrellas
en el firmamento, salió a pasear y se quedó mirando la gran montaña
nevada.
– ¡Oh, Gran Espíritu del Monte Kilimanjaro! Me paso
los días solita, sin nadie con quien compartir las tareas ni con quien hablar
¡Ayúdame, por favor!
No una noche sino varias fue al mismo lugar a
rogarle al Gran Espíritu, pero este no hizo caso de sus plegarias.
Una tarde, cuando ya había perdido toda esperanza,
un desconocido llamó a su puerta.
– ¿Quién es usted, caballero?
– Soy el mensajero del Gran Espíritu del Monte
Kilimanjaro y vengo a ayudarte.
La campesina, asombrada, vio cómo el hombre
extendía su mano hacia ella.
– Toma estas semillas de calabaza para que las
siembres en tu campo. Ellas son la solución a tu soledad.
En cuanto dijo estas palabras, el extraño emisario
se esfumó.
Shindo se quedó desconcertada, pero como no tenía
nada que perder, corrió al campo y plantó con mucho esmero el puñado de
semillas. Además, las regó y las protegió con una valla para que ningún animal
pudiera escarbar y comérselas.
En unos días las semillas se transformaron en cinco
hermosas calabazas. Entusiasmada, se llevó las manos a la cara y exclamó:
– ¡Qué lindas calabazas! Cuando se sequen bien las
vaciaré y con ellas fabricaré cuencos para meter agua. Después las llevaré al
mercado para venderlas.
Las metió en un gran saco y al llegar a casa las
colgó en una viga del techo para que se secaran al aire. Todas menos una que
puso junto a la chimenea.
– Esta calabaza chiquitita es tan mona que me la
quedaré, no quiero venderla. Voy a ponerla junto al fuego para que se seque
antes que las demás.
Esa noche Shindo durmió plácidamente y al amanecer
salió a trabajar al campo como todas las mañanas de su vida. Mientras, en su
hogar, sucedió algo increíble: ¡las cinco calabazas se transformaron en cinco
niños!
Los cuatro que estaban colgados de las vigas
llamaron al más pequeño que estaba junto a la chimenea.
– ¡Kitete, ayúdanos a bajar, por favor!
Kitete les ayudó a descolgarse y en cuanto pusieron
los pies en el suelo comenzaron a hacer todas las tareas de la casa. Para ellos
era un juego divertido limpiar, fregar y lavar, así que terminaron en un
periquete. Kitete, en cambio, se quedó quietecito al lado de la chimenea.
Toda la noche junto al fuego le había dejado muy débil y sin fuerzas para
colaborar con sus hermanos.
Acabado el trabajo Kitete les ayudó a subir otra
vez a la viga y los cinco volvieron a transformarse en unas anaranjadas y
rugosas calabazas.
Una hora después la campesina regresó a la casa y
se dio cuenta de que todo estaba recogido y reluciente.
– ¡Qué extraño!… ¿Quién habrá entrado aquí durante
mi ausencia? ¡Si está todo limpio y ordenado!
Se acostó y no pudo pegar ojo en toda la noche pensando
en lo que había sucedido. Después de mucho darle vueltas, lo tuvo claro.
– “Mañana fingiré que voy a trabajar al campo pero
me quedaré espiando ¡Necesito saber quién demonios ha entrado en mi casa a
escondidas”
Así lo hizo; después de desayunar salió de su hogar
pero al llegar a un recodo del camino dio media vuelta y regresó por la parte
de atrás. En silencio, se agazapó junto a la ventana del comedor.
¡Casi se desmaya cuando observó lo que dentro
sucedió! Como por arte de magia ¡las calabazas se transformaron en niños de
verdad ante sus ojos!
Con el corazón a mil y sin dejarse ver,
escuchó las voces de los cuatro que estaban colgados de la viga.
– Kitete, ayúdanos a bajar, por favor!
Kitete, que seguía junto a la chimenea, extendió
las manos para que pudieran bajar sin hacerse daño. Después, como el día
anterior, comenzaron a limpiar el polvo, a barrer, y a dejarlo todo como los
chorros del oro.
Shindo no pudo aguantar más y entró por sorpresa
haciendo aspavientos y dando muestras de felicidad.
– ¡Qué emoción! ¡Mi casa está llena de niños! Es lo
que más he deseado durante toda mi vida ¡Por favor, no os transforméis otra vez
en calabazas! A partir de hoy, este será vuestro hogar y yo vuestra madre.
Los muchachitos aceptaron encantados y se quedaron a
vivir allí.
Pasaron las semanas y los cuatro mayores se
convirtieron en los hijos con los Shindo siempre había soñado: eran guapos,
sanos y siempre dispuestos a ayudar en todo. En cambio, el pequeño Kitete
siguió siendo un niño enfermizo y de carita triste que se pasaba las horas
junto al fuego. Shindo lo amaba como a los demás, pero no soportaba verlo ahí,
sin hacer nada en todo el día.
Una mañana la mujer atravesó el comedor sosteniendo
en sus manos una gran olla de lentejas y sin querer tropezó con las frágiles y
delgaduchas piernas de Kitete. No pudo evitar caerse al suelo y que todas las
lentejas se desparramaran por todas partes.
Enfurecida, gritó a Kitete sin compasión:
– ¡Mira lo que ha pasado por tu culpa! Si no
estuvieras ahí, tirado en el suelo como un inútil, no habría tropezado contigo.
Kitete la miraba con ojos llorosos sin poder
articular palabra. La mujer siguió vociferando, completamente fuera de sí:
– Tus hermanos son buenos hijos, pero tú ni
siquiera te mueves ¡No sé para qué te has transformado en niño si eres igual de
inservible que cuando eras una calabaza!
Las duras palabras de Shindo tuvieron un efecto
devastador: ¡Kitete se transformó de nuevo en una pequeña calabaza!
¡Qué mal se sintió la campesina cuando se dio
cuenta de las barbaridades que había dicho! Corrió hacia el fuego llorando
desconsoladamente, abrazó la calabaza y la apretó junto a su pecho.
– ¡¿Oh, no, ¿pero qué he hecho?!… ¡Vuelve, mi
querido Kitete! No lo decía en serio… ¡Yo te amo tanto como a tus hermanos!
¡Perdóname, chiquitín, he sido muy cruel contigo!
Pero a pesar de sus ruegos, la calabaza seguía
siendo una calabaza.
Los cuatro hermanos, que estaban correteando por el
jardín, oyeron los llantos y entraron en la casa. Se entristecieron al ver a su
madre gimiendo y llorando con la calabacita en su regazo.
Se miraron y sin decir nada, treparon por la viga.
Desde allí, dijeron una vez más:
– ¡Kitete, ayúdanos a bajar, por favor!
Y entonces, sucedió el milagro: la calabaza se
convirtió una vez más en un niño, en el dulce y tierno Kitete.
Shindo sintió una emoción indescriptible en su
corazón y comenzó a besar en sus pálidas mejillas.
– ¡Hijo mío, gracias por regresar! Eres más delicado
que tus hermanos pero te quiero y te respeto igual que a ellos. No temas, que
yo estaré aquí siempre para cuidar de ti.
Con mucha ternura sentó al pequeño Kitete en su
lugar favorito junto a la chimenea y le dedicó una dulce sonrisa que reflejaba
mucho amor.
A partir de ese día todos respetaron que Kitete
fuera diferente y formaron la familia más unida y dichosa que jamás ha vivido a
los pies del Kilimanjaro.
CRISTINA RODRÍGUEZ LOMBA
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